Bloques de cartón y las calles de papel

Surgieron desde una esquina algunos hombres portando carros y triciclos desvencijados. La tarde caía muy bulliciosa y era hora de trabajar. En las casas como en los edificios se comenzaba a dejar la basura en la orilla de la vereda. Verdaderos hongos saliendo, plásticos, en medio del cemento. Con la confianza adquirida durante temporadas dedicados a la elección de la basura y la experticia en las manos, todos los objetos eran revisados por el ojo ágil de quien tiene en los desechos su fuente de trabajo. El cartón se dejaba aparte. El corrugado había que guardarlo casi inmediatamente por su poca resistencia a la humedad -en verano no es problema, pero en invierno el asunto cambia. Concentrados en su labor, los cartoneros comenzaban a repletar, lo más ordenadamente posible, los carros y los triciclos. Las cajas grandes primero y luego ir colocando una al lado de la otra las piezas de manera tal que se sujetaran entre ellas. Pedían que el día les dejara bastante cartón para así llevar por lo menos una vida digna. No es difícil entender por qué una familia, compuesta por cinco personas, se dedica a juntar cartón. La necesidad de sobrevivir es fuerte. Recorrer una calle como Freire, les demandaba tiempo. Tomando en cuenta esto, lo que demora en transformarse una caja que embalaba algo hasta convertirse en un desecho inútil recogido por un grupo de hombres, no se condice al dinero que ganan con el esfuerzo. Quizás estos hombres ya no tengan la intención de cuestionarse la situación personal. Aunque surge la pregunta, ¿qué haría la ciudad de Concepción con todo el cartón que recogen y que se intenta reciclar de no ser por el trabajo de estos anónimos hombres? Reflexión para una urbe que se ahoga en su basura.